El compromiso con mi sangre
Mi nombre es Elvira Villasmil. Hace poco tiempo, mi vida dio un giro radical. El llamado del corazón y la urgencia familiar me trajeron de vuelta a mi ciudad natal, Maracaibo, en Venezuela.
Hoy me acerco a ustedes con el corazón abierto y una responsabilidad que me sobrepasa, pero que asumo con todo el amor del mundo. Actualmente, estoy a cargo del cuidado total de las tres mujeres más importantes de mi vida: mi madre (76 años) y mis dos tías (74 y 63 años).
Lo que encontré al llegar es lo que hoy llamo, con una mezcla de agotamiento y ternura, mi «mini manicomio» de amor. No es un título ligero, es la descripción de una realidad donde la demencia senil, la discapacidad intelectual y la precariedad conviven bajo un mismo techo, y donde yo soy el único muro que evita el colapso total de estas tres vidas.
Las tres protagonistas de este rescate
En la casa de mis tías, ellas enfrentan el invierno de sus vidas:
Mi Tía (63 años) – La niña eterna
Padece de discapacidad intelectual (retraso mental) y es el reto emocional más grande de nuestro día a día. Su comportamiento es el de una niña pequeña atrapada en un cuerpo que envejece. Hace pataletas con llanto inconsolable y demanda atención constante. Sus piernas se han debilitado al punto de caminar con lentitud sosteniéndose de las paredes de la casa. Padece de incontinencia, lo que requiere una supervisión higiénica constante y el uso de pañales para dormir.
Mi Tía (74 años) – La brillante abogada
Mujer de leyes, culta e independiente durante toda su vida. La demencia ha nublado su autonomía. Intentaba cuidar a su hermana menor (mi tía de 63 años), fue el sostén de su hogar, pero la pérdida de la memoria a corto plazo las condenó a la mala alimentación. Perdió su capacidad para administrar el dinero o los recursos que recibía, también la capacidad para cocinar de forma segura. A menudo me mira y me trata como a una extraña.
Mi Madre (76 años) – Mi compañera de regreso
Ella viajó conmigo. Mi mamá vive en un «delirio de traslado» constante; muchas veces su mente habita en un tiempo y lugar que ya no existen. Su situación es especialmente delicada porque sufre de convulsiones, episodios que nos mantienen en alerta permanente porque suceden incluso mientras duerme. Tenemos pendiente realizarle un electroencefalograma y una resonancia magnética que el neurólogo ordenó con urgencia el pasado 30 de abril, pero que aún no hemos podido costear.
Cuidarlas implica estar presente las 24 horas del día. No puedo dejarlas solas porque pueden acabarse los alimentos en un instante, cocinar y dejar las llaves del gas abiertas, o fugarse de la casa. Cada vez es más difícil esconder algo para que no se lo coman o lo cambien de lugar y ya no sepamos dónde está. He tenido que pausar mi vida laboral para convertirme en cocinera y cuidadora a tiempo completo.
¿Cómo llegamos a esta situación? Durante años, mi familia mantuvo un equilibrio frágil donde se apoyaban entre sí. Sin embargo, el avance de la demencia senil en la tía abogada rompió ese círculo porque comenzó a desconocer a su propia hermana (la de retraso mental) y a perder la capacidad de cuidarla. Ante esta crisis, decidí regresar para hacerme cargo de ellas. Lo que antes era un equipo de apoyo, hoy depende enteramente de mis manos.
Aunque contamos con sus pequeñas pensiones, la carga es inmensa y el resto de la familia nos ha dado la espalda mientras vivimos en un océano de necesidades. No logro cubrir ni una fracción de los gastos básicos de alimentación e higiene en un país con una economía tan costosa como la nuestra.
En medio de todo, mi único respiro es la Iglesia San Tarcisio. Cada tarde, busco ese momento de silencio y oración para entregarle mi situación y la convivencia de esta familia a Dios.
Gracias por leer nuestra historia y por cualquier apoyo que puedan brindarnos en este momento tan difícil.